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El amor es la respuesta

Por Swami B. V. Tripurari Publicado el 27 de junio de 2024 | por el equipo de Harmonist. Artículo original (en inglés) disponible aquí.

No es ideal preocuparse por disfrutar el fruto del propio trabajo, pues no se encuentra amor en esa orientación de vida y es únicamente amor lo que estamos buscando. La preocupación por lo que se obtendrá del trabajo también tiende a distraer de la labor en cuestión, causando un desequilibrio. Esto puede no sólo comprometer el trabajo en sí, sino que además alejarle a uno del momento presente y situarle en un futuro especulativo. Presta atención al adagio inglés: “No confíes en el futuro”.

Si hemos de amar, hemos de vivir en el aquí y ahora. De hecho, es en el presente donde se encuentran tanto el pasado como el futuro. En el presente cosechamos los frutos de las semillas que sembramos en el pasado, y nuestra respuesta a estas reacciones con acciones subsiguientes determina, a su vez, nuestro futuro. Estar conscientemente aquí y ahora facilita la comprensión de la naturaleza de nuestra encrucijada material y de nuestro potencial para librarnos de ella. Nos permite orientarnos en nuestra búsqueda del amor.

Nuestro dilema kármico es inmenso. No sólo estamos agobiados por nuestro pasado, que ahora da frutos, sino que además hay mucho en nuestro pasado kármico que aún no ha dado frutos, lo que ya es suficiente para asegurarnos muchos más nacimientos. No sólo estamos atados por tendencias y deseos profundamente arraigados que nos obligan a actuar a veces incluso en contra de nuestra voluntad o buen juicio, sino también por un karma que aún no se ha manifestado en deseos y tendencias; un karma almacenado, esperando la oportunidad de recaudar su impuesto en nuestras vidas. Hemos tomado algo, y por ley de la naturaleza, nos quitarán algo. Una vez más, no hay amor en este círculo de explotación entre cazadores y presas.

El amor tampoco es inmóvil; por lo tanto, dejar de actuar por completo no es una opción. Después de todo, somos nosotros quienes animamos nuestros cuerpos. La consciencia —el alma misma— es vida, por engañosa que sea. Así, pareciera que somos activos por naturaleza. Somos nosotros quienes ponemos nuestros cuerpos en movimiento, así como un espectador da vida al televisor sentándose frente a él y encendiéndolo, sólo para que el televisor se apodere de su vida. Nuestra situación como almas es similar: por la fuerza del deseo, ponemos en movimiento nuestra vida, activando la maquinaria kármica de la naturaleza material. Al hacerlo, somos consumidos por los movimientos de la materia que hemos desatado. Nos movemos por la fuerza del deseo, en un esfuerzo por disfrutar de los frutos de nuestras acciones, pero estos frutos no siempre son fáciles de digerir.

Sin embargo, parece que sí tenemos la opción de actuar sacrificando el fruto de nuestras acciones. Este enfoque tiene mérito cuando nuestras acciones tienen integridad moral. Dicha labor deja de ser vinculante, pues no existe una reacción vinculante ante actos piadosos, cuyos frutos no disfruta quien los realiza. Al aflojar la atadura kármica, dejando de fomentarla, la posibilidad de una vida más allá del karma se asoma en el horizonte. Esta es una vida en la que se vislumbra una comprensión mística de la naturaleza del ser, y la acción en relación con lo que no perdura se ve como lo que es: materialmente vinculante y carente de potencial para brindar una felicidad duradera.

Sin embargo, es difícil renunciar al fruto del propio trabajo, y de hecho no es del todo posible actuar de esta manera. Mientras uno insista en realizar su propio trabajo o en actuar con integridad moral de acuerdo con su deseo material, uno debe mantenerse a sí mismo, y la falsa sensación de independencia que deriva de tal acción, persiste. Dicha acción requiere que se conserve al menos parte del fruto del propio trabajo. Además, no somos entidades independientes. De hecho, dependemos de cada respiro. No reconocer esto es el corazón de nuestro dilema material.

Una profunda introspección revela que nuestro potencial para saldar nuestra deuda kármica por nuestra cuenta es, en el mejor de los casos, limitado. Como deudores, haríamos bien en conectar con un mayor capital. ¿Cómo podemos atraer a un inversor así? Humildes ante nuestro infortunio, lo mejor es unir nuestras manos. La oración funciona. Con oración me refiero al yoga de la devoción: bhakti, servicio divino con amor.

Un sirviente que cumple las órdenes de su amo no tiene nada que dar. La parte no tiene existencia independiente del todo, no posee nada propio. Nada le pertenece a tal sirviente; más bien, es el sirviente quien le pertenece a otro. Podemos dar el fruto de nuestro trabajo, pero al hacerlo no reconocemos plenamente que nosotros mismos le pertenecemos a alguien más.

El amor fomenta un sentido de pertenencia, no de independencia. Tal amor acorta dinámicamente la distancia entre el objeto perfecto de amor y el amante perfecto, de una manera que nunca podrá lograr el simplemente ofrecer los resultados de las propias acciones, por muy piadosas que sean. La unión dinámica con la Divinidad constituye una unidad de propósito con el Absoluto. En el amor, dos personas comparten el mismo interés: cada una se interesa sólo en el bienestar de la otra. Cuando nuestro ser querido es la Divinidad, nuestro potencial para resolver nuestro predicamento material no tiene límites. En el servicio divino no hay reacción material vinculante y las reacciones acumuladas esperando la oportunidad de dar fruto, nunca lo hacen. Además, y exclusivo del bhakti-yoga, es el poder del bhakti para absolver las reacciones kármicas que están ahora dando fruto. En una vida de servicio divino no necesitamos preocuparnos por quién nos mantendrá o quién nos protegerá de nosotros mismos. El amor responde a estas preguntas definitivamente. De hecho, quien ama difícilmente siente necesidad o teme por sí mismo.

Si hemos de hacer algo, como se debe, debemos hacerlo bien. Encuentra el centro y sitúa allí tu capacidad de amar. Desde el corazón de ese centro, el Bhagavad-gita nos habla con seguridad sobre la solución a nuestro aprieto material, así:

Para aquellos que sólo me aman a mí
y en mí piensan constantemente,
casados conmigo en bhakti,
Yo satisfago sus necesidades. (9.22)