De Swami B. V. Tripurari.
La vida se trata de la muerte, nada más. Pero, ¿qué es la muerte? En la tradición sagrada de la India, un rey preguntó a un joven sabio sobre su muerte inminente y lo que debía hacer. El joven sabio respondió con la narración poética del Srimad-Bhagavatam. Le dijo al rey que nadie es realmente un rey, pues la muerte gobierna sobre todos. Pero la muerte es la mano de Dios, así que deberíamos tomar esa mano y aferrarnos con fuerza. Hay vida en comprender la muerte, de lo contrario no la hay.
La poesía del Srimad-Bhagavatam alcanza su clímax cuando las vaqueras de Krishna mueren esotéricamente. Renuncian a sus deseos del mundo y lo arriesgan todo para unirse a Krishna en amor divino, para aferrarse a su mano extendida. Así renunciaron a sus vidas, en el sentido de que murieron al mundo de los sentidos para vivir en el mundo del alma. Así respondió el niño sabio al rey. Incluso un niño o una niña puede entenderlo. Es sentido común.
El mundo está hoy aquí, pero mañana desaparecerá. No podemos aferrarnos a él. Pero todos nos hemos propuesto convertirnos en reyes y poseer y aferrarnos a tantas cosas, y en esta loca persecución hemos perdido de vista lo obvio. Es la interconectividad de todas las cosas lo que debemos buscar, no la independencia de todo, no nuestro propio reino. En esta búsqueda encontraremos libertad, libertad de la ilusión de que somos entidades independientes. Es esta ilusión la que fomenta el miedo a la muerte, la ilusión de “muerte” que es en realidad la mano de Dios. Debemos intentar cambiar nuestro ángulo de visión.
Permítanme citar la «Elegía escrita en un cementerio rural» del poeta inglés Thomas Gray, a la que B. R. Sridhara Deva Goswami era aficionado:
El alarde de la heráldica, la pompa del poder,
toda esa belleza, toda esa riqueza que han dado esperan por igual la hora inevitable;
los caminos de la gloria no conducen sino a la tumba.
Fuera de la cultura espiritual, todas las personas de este mundo no hacen más que cavar su propia tumba, nada más, y la mayoría de los planes materiales no conducen más que a una tumba desconocida. Tal es la naturaleza del karma. Los fantasmas de nuestro pasado nos rodean, y están penando nuestro presente.
No hay tiempo como el presente, pues en él residen tanto el futuro como el pasado. El presente determina el futuro y nos permite dejar atrás el pasado. Sin embargo, el presente está perdido para quienes siguen controlados por su pasado y no atienden al toque de clarín de una realidad espiritual que nos habla incansablemente a cada instante. La llamada no sólo se oye en las Escrituras y en las palabras de los sabios, sino que también en cada movimiento de la naturaleza, con cada salida y puesta del sol.
Toda la realidad no es más que diferentes notas que armonizan juntas en una canción: la canción de la vida más allá del cementerio de la existencia material. Los que ignoran esto -los sordos- nunca bailarán en la tierra de la vida eterna.
Los santos y las escrituras nos dicen que residamos entre los vivos, los que están espiritualmente vivos. Hegel dijo: «Morir para vivir». Dejemos morir la esclavitud del apego a nuestro pasado y despertemos a una nueva vida en el reino del alma. En ese reino no hay muerte ni renacimiento. Allí la vida es amor sin fin. ¡Morir para vivir!
En tiempos difíciles, debemos buscar consuelo y guía en las Escrituras, pues ver la vida a través de los ojos de las Escrituras (sastra-caksusa) nos ayudará como ninguna otra cosa puede hacerlo. De hecho, el segundo capítulo del Bhagavad-gita narra toda la historia de la vida y la muerte, que se describe allí como otro cambio de ropa para el alma. A través de la perspicacia de las escrituras y la filosofía, uno puede enfrentarse verdaderamente a la muerte, y la vida consiste en lidiar con el problema de la muerte. Si descuidamos este problema, cualquier otra cosa que hagamos será tiempo mal usado, ya que nunca encontraremos la felicidad duradera trabajando contrarreloj para adquirir algo en esta corta vida. Esto no es más que una visión realista de la vida en este plano mortal en el que el tiempo nos arrebatará todo demasiado pronto.
¿Qué es el tiempo? «Yo soy el tiempo, destructor de todos los mundos», dice Sri Krishna en el Bhagavad-gita. Por supuesto que su mensaje es más que esto. Pero este es el principio. Una vez que hemos comprendido a fondo que esta vida presente que experimentamos es una vida en la que nacemos para morir, podemos empezar a conocer la eternidad, donde comienza la verdadera vida.
Para vivir la vida despreocupada que buscamos, debemos traspasar la influencia del tiempo. El Gita nos dice que esto sólo puede hacerse rindiéndose a la realidad de nuestra total impotencia ante la naturaleza material, bajo cuya jurisdicción vivimos. De este reconocimiento de nuestra extrema necesidad surge el ímpetu de pedir ayuda, ayuda absoluta, porque estamos absolutamente indefensos. Esta llamada atrae la simpatía de Dios, que siempre está dispuesto a responder a aquellos que son mansos y humildes, por lo que nuestra vida feliz más allá del tiempo está a la mano. La experiencia positiva de la vida espiritual tangible no requiere validación racional. No deja lugar a dudas y satisface la necesidad del corazón como ninguna otra cosa puede hacerlo. No es irracional, sino que retoma el camino donde la razón nos abandona. Todo lo demás palidece en comparación.